Día 4: Juicio Injusto

Hebreos 12:1
Por tanto, nosotros también, puesto que estamos rodeados de una nube tan grande de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante.

La motivación es complicada. No es constante; va y viene y a veces nos traiciona. Podemos proponernos hacer algo y, poco después, no hacerlo. O quizás intentamos motivarnos, pero nuestra mentalidad nos lo impide. También es muy posible que, aunque tengas la mentalidad y la motivación adecuadas, ¡tu cuerpo no responda! Cualquiera que tenga más de 40 años lo entiende perfectamente.

Es fácil juzgarse a uno mismo por no estar a la altura de nuestras propias expectativas. Es fácil juzgar a alguien a quien consideramos inferior. También es fácil sentir vergüenza cuando alguien nos juzga. Algunas de las personas más importantes de nuestra vida tienen el poder de elevarnos y de destruirnos. Nosotros también tenemos ese poder sobre otros a nuestro alrededor.

Es importante reconocer que, si bien afrontamos este desafío individualmente, también somos un equipo. Cada seguidor de Jesús forma parte de un equipo al que llamamos la iglesia global. Cuando un equipo no permanece unido, se desmorona. En lugar de juzgarnos por nuestras diferencias, debemos valorar la singularidad con la que Dios nos creó, pues nos diseñó diferentes para que, a su vez, trabajemos juntos para cumplir su misión.

Desafío diario: ¿Hay alguien en tu vida a quien estés juzgando? Te invito a orar y pedirle al Espíritu Santo que te muestre quién es esa persona y a pedirle que te ayude a liberarte de ese pecado tan pesado para que puedas perseverar en tu camino. Comparte en los comentarios a quién el Espíritu te trajo a la mente y qué te está guiando a hacer al respecto.

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Un comentario

  1. Es difícil no juzgarse a uno mismo muchas veces, más, como dice el texto, “cuando uno pasa de los 40 y el cuerpo no responde como quiere.” Sin embargo, me alegro saber que tengo un grupo de hermanos en la fe que están dispuestos a apoyarme y sostenerme cuando estoy en necesidad. Y por nuestro propio bien, y el bien de quienes nos observan, debemos dejar atrás el pecado que nos enreda.

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